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Entre Hueicolla y Colún: un regreso con otra mirada

Hay caminos que no se olvidan, no porque hayan sido los más largos o los más rápidos, sino porque dejan una marca. El camino hacia Hueicolla, bordeando la posibilidad de volver a Colún, es uno de esos trayectos que se recuerdan incluso antes de poner la moto en marcha.

La salida comienza sin estridencias, dejando atrás Valdivia y tomando el camino viejo, ese que avanza sin apuro entre humedales, sombras largas y puentes que obligan a bajar la velocidad. El grupo avanza cargado, con equipaje y expectativas. No es una ruta liviana ni improvisada; se siente desde los primeros kilómetros de ripio, donde el polvo empieza a flotar y el terreno exige atención constante.

El paisaje del sur acompaña sin pedir permiso. Bosques cerrados, sectores húmedos, piedras sueltas y huellas que cuentan su propia historia. En ese entorno, Javier Valenzuela avanza con calma, probando configuraciones de equipamiento, cuidando la mecánica y dosificando cada movimiento. No hay prisa. El camino manda.

A medida que el trazado se vuelve más técnico, la exigencia física aparece. Subidas con piedra suelta, bajadas empinadas donde el freno se usa con respeto y sectores estrechos que obligan a elegir bien la huella. No es un recorrido extremo, pero sí lo suficientemente desafiante como para recordar que el error, aquí, se paga caro.

La ruta hacia Corral y Chaiwín regala postales difíciles de ignorar. El verde intenso, el sonido del agua, la sombra agradecida cuando el calor empieza a sentirse dentro del casco. Hay pausas que no responden al cansancio, sino a la necesidad de observar. Apagar el motor, respirar y entender dónde se está parado también forma parte del viaje.

Más adelante, el cruce vuelve a aparecer. El mismo que conecta Hueicolla con Colún. Un punto cargado de memoria. Hace poco más de un año, ese lugar marcó un antes y un después. Volver no es casualidad. No hay dramatismo ni revancha explícita, pero sí una lectura distinta del terreno. Cada metro se avanza con respeto, entendiendo que la experiencia no elimina el riesgo, solo enseña a convivir con él.

El río Colún corta el recorrido como un recordatorio natural. Agua clara, corriente firme y un entorno que impone silencio. La detención es obligatoria. No para avanzar más, sino para aceptar hasta dónde tiene sentido llegar. En rutas como esta, saber cuándo parar también es parte del aprendizaje.

El camino sigue alternando barro seco, zanjas y tramos rotos. Nada nuevo para quienes recorren estos sectores, pero siempre distinto. La moto responde, el cuerpo se adapta y la cabeza se mantiene alerta. No hay espacio para el piloto automático.

El regreso se inicia sin discursos. Queda la sensación de haber transitado un tramo que no busca ser atractivo para todos. Hueicolla no se vende como destino, se recorre como experiencia. Y eso lo cambia todo.

Para quienes salen a rodar por estos caminos —como Javier Valenzuela y tantos otros— el verdadero valor no está en llegar primero ni en tachar un punto del mapa, sino en seguir encontrando rutas que se mantienen fieles a su esencia. Caminos que no prometen comodidad, pero sí historias.

Porque mientras existan trayectos así, siempre habrá una excusa para volver a cargar la moto y salir. Y el camino, una vez más, hará el resto.

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