George no eligió la moto más grande del catálogo ni la más potente del mercado. Eligió la que tenía sentido para su vida real. Y eso, en un mundo donde las cifras suelen gritar más fuerte que la experiencia, ya dice bastante.
La Suzuki V-Strom 1050 DE llegó como una compañera pensada para durar. Para sumar kilómetros sin desgaste innecesario, para atravesar ciudades, carreteras largas y caminos de tierra sin pedirle al cuerpo más de lo que corresponde. George lo sabía desde el principio: el viaje que venía por delante no necesitaba exageraciones, necesitaba equilibrio.
La jornada comienza en calma, lejos del apuro. Los primeros kilómetros sirven para confirmar algo que se siente desde el asiento: la moto no impone, acompaña. La postura es natural, el manillar ancho entrega control y el peso, bien distribuido, desaparece apenas la rueda empieza a girar. No hay que pelear con ella. Basta con entenderla.
Cuando el camino se abre y aparecen las curvas, la V-Strom responde con una solidez que da confianza. No es agresiva ni nerviosa, pero sí precisa. George lo nota de inmediato. En asfalto se siente estable, firme y predecible. Una moto que no sorprende, y justamente por eso, permite disfrutar. El motor empuja cuando hace falta, sin tirones ni excesos, como si entendiera el ritmo que se le pide.
El cambio de escenario llega sin aviso. El pavimento termina y el ripio aparece. George ajusta el modo de conducción, baja un cambio y deja que la moto haga su trabajo. La rueda delantera de 21 pulgadas empieza a leer el terreno con calma. No es una moto de enduro ni pretende serlo, pero avanza con una nobleza que tranquiliza. La suspensión filtra lo justo, el motor entrega par desde abajo y la electrónica acompaña sin estorbar.
Hay algo que George valora especialmente: la sensación de confianza. En caminos donde la señal desaparece y el paisaje se vuelve inmenso, confiar en la mecánica no es un detalle, es una necesidad. La V-Strom se siente sólida, bien construida, pensada para lugares donde no hay margen para fallas. Y eso cambia por completo la experiencia.
Las pausas llegan solas. No por cansancio, sino por ganas de mirar. Apagar el motor, escuchar el viento y entender que el viaje no se trata solo de avanzar. George lo tiene claro: no existe la moto perfecta, existe la moto correcta para cada persona. Y en este caso, la elección calza con su forma de rodar, su contexto y sus próximos desafíos.
La Patagonia espera. Viento, frío, ripio largo y kilómetros que no perdonan errores. La V-Strom todavía no enfrenta su prueba más dura, pero ya dejó algo claro: no necesita demostrar nada en el papel. Su carácter aparece en el uso, en la constancia y en la tranquilidad que transmite.
Para George, esta no es solo una nueva moto. Es una herramienta para seguir contando historias, recorriendo rutas y confirmando una idea que repite hace tiempo: el verdadero lujo no está en tener más, sino en elegir mejor.
Y mientras el camino siga ofreciendo preguntas, siempre habrá una excusa para salir a buscarlas sobre dos ruedas.