Todo lo que lleva Javier Valenzuela cuando la ruta no tiene fecha de regreso

Hay viajes que duran un fin de semana y hay otros que no tienen fecha de vuelta. Javier Valenzuela está detenido a un costado de la Ruta 41, en Argentina, mientras el viento patagónico golpea la moto y el paisaje parece pintado a mano. La pregunta es inevitable: ¿cómo se prepara alguien para un viaje así? No es solo equipaje, es estrategia, experiencia y aprendizaje después de kilómetros, caídas y segundas oportunidades. Porque este no es cualquier viaje, es una revancha.

Su Himalayan 450, la “Indomable”, no está cargada al azar: cada bolso tiene un propósito, cada litro cuenta. Más de 100 litros distribuidos entre alforjas, bolso de estanque, mochila, defensas y bolso superior, pero no se trata de cantidad sino de equilibrio. Tras el accidente que lo dejó fuera de temporada el verano pasado, entendió algo clave: menos peso y más inteligencia; viajar liviano no es moda, es supervivencia física.

En el bolso del manillar lleva lo esencial para la seguridad: candado con alarma, funda de asiento y pequeños elementos que dan tranquilidad cuando acampa solo. En el bolso de estanque guarda lo inmediato: dron listo para despegar sin bajarse de la moto, baterías, gas pimienta, bloqueador solar y herramientas rápidas, porque Javier no solo viaja, también documenta, y cada paisaje puede convertirse en historia.

En los bolsos laterales delanteros va lo técnico: lubricante y limpiador de cadena, kit repara pinchazos, compresor USB-C y herramientas multifunción; no es paranoia, es previsión, porque en la Patagonia no siempre hay señal ni ayuda. También planifica la alimentación: café traído desde Chile, mantequilla de maní, proteína y lo necesario para un desayuno que le permita arrancar fuerte; no es solo aventura, es disciplina.

En la mochila carga 16 litros de tecnología: GoPro en manillar y casco, cámara Sony ZV, dos drones, micrófonos, intercomunicador con cámara, baterías y cables; viajar es su pasión, contarlo es su oficio. En las alforjas traseras, 15 litros por lado bien compactos: saco de verano con liner térmico, carpa ligera, colchoneta inflable, set de cocina minimalista, zapatillas de secado rápido para cruzar ríos y mat de yoga para cuidar la espalda. La discopatía no es un detalle menor, lo obliga a estirar cada mañana, fortalecer el core y no sobrecargar la moto; viajar fuerte, pero consciente.

En el bolso superior impermeable lleva traje de lluvia, guantes de invierno, kit de higiene, herramientas extra y hasta espacio para un par de cervezas cuando el día lo merece. En el chasis, amarradas con bridas, van cámaras de repuesto, y en un rincón seguro descansa su Kindle, porque incluso en la inmensidad de la Patagonia hay espacio para leer.

Javier no tiene retorno programado. No hay oficina esperándolo ni reloj marcando fin de vacaciones, solo la responsabilidad de crear contenido y la libertad de rodar. En medio de la Ruta 41, un seguidor lo reconoce, conversan y se toman una foto: la comunidad lo acompaña incluso en la soledad del sur. Esa es la verdadera carga que lleva, personas que lo siguen y viven las rutas a través de él.

Cada litro cuenta, cada objeto tiene una razón y cada decisión responde a una experiencia previa. Javier Valenzuela no viaja cargado, viaja preparado, y mientras la “Indomable” siga sumando kilómetros habrá historias que contar, porque cuando la ruta no tiene fecha de regreso, el equipaje deja de ser peso y se convierte en libertad.

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