La aventura continúa: una moto china contra las rutas de Sudamérica

Hay viajes que se construyen a partir de grandes paisajes, kilómetros recorridos y destinos soñados, pero también están aquellos que terminan poniendo a prueba al viajero de maneras completamente inesperadas. Para Javier Valenzuela, recorrer América en moto significó precisamente eso: aprender a convivir con los imprevistos, resolver problemas sobre la marcha y entender que, en una aventura de esta magnitud, cualquier dificultad puede convertirse en parte de la historia.

En esta etapa del viaje, Javier se encontraba recorriendo Perú a bordo de su particular compañera de ruta: una Kymco QMR 200, conocida cariñosamente como la “china colombiana”. Se trataba de una motocicleta de 200 cc, adquirida en Colombia por cerca de mil dólares y que, pese a no haber sido diseñada específicamente para grandes viajes, había asumido el desafío de acompañarlo desde Colombia hasta Chile y posteriormente regresar nuevamente a territorio colombiano. Era una apuesta sencilla y económica, pero también una apuesta que ya comenzaba a demostrar sus propias limitaciones.

El recorrido por Perú avanzaba entre desierto, tráfico, encuentros con otros viajeros y largas jornadas sobre el asfalto. Javier disfrutaba de la posibilidad de detenerse en el camino, conversar con otros motociclistas y compartir experiencias con quienes también habían elegido la carretera como forma de conocer el continente. Incluso se cruzó con viajeros provenientes de Colombia y con Nick, un motociclista inglés que también se encontraba recorriendo Sudamérica. Sin embargo, mientras los kilómetros se acumulaban, la pequeña moto comenzaría a enfrentar uno de sus problemas más serios.

La avería ocurrió mientras Javier se dirigía hacia Lima. De un momento a otro, los rayos de la rueda trasera comenzaron a romperse, provocando además daños en la cámara del neumático. La situación lo dejó detenido en plena ruta, aproximadamente a 60 kilómetros de Lima, con una motocicleta que ya no podía continuar en esas condiciones. El problema no era menor: cerca de quince rayos habían terminado cortados y algunos de ellos habían perforado la cámara, dejando la rueda completamente inutilizada.

Lo más llamativo era que Javier ya había recibido advertencias respecto de la capacidad de carga de esta motocicleta. La avería que estaba enfrentando, de hecho, ya había ocurrido anteriormente a otros usuarios. Sin embargo, lejos de frustrarse, decidió asumir nuevamente el problema como una parte más del viaje. Para él, los inconvenientes mecánicos habían dejado de ser simplemente problemas y comenzaban a transformarse en nuevas experiencias que lo obligaban a buscar soluciones y continuar avanzando.

La solución llegó gracias a la ayuda de otras personas que encontró en el camino. Un amigo belga llamado Marcel colaboró para detener un camión que pudiera trasladar tanto a Javier como a la motocicleta hasta una localidad cercana. Así, la “china colombiana” terminó temporalmente sobre un camión rumbo a un taller, mientras su dueño intentaba descubrir si sería posible repararla y continuar el viaje hacia Chile.

El destino fue Santa Rosa, junto a Ancón, en Lima. Allí quedó al descubierto la magnitud de la avería: alrededor de quince rayos estaban cortados y la cámara había quedado completamente dañada por las piezas rotas. La motocicleta necesitaba una reparación antes de volver a la carretera, obligando a Javier a esperar hasta el día siguiente para poder continuar.

Pero si algo había aprendido durante este viaje era que no siempre se necesita dinero para salir de un problema. En aquella ocasión, quienes trasladaron la moto lo hicieron sin cobrarle, demostrando nuevamente que la solidaridad de las personas que aparecen durante un viaje puede ser mucho más importante que cualquier recurso material. Para Javier, esa experiencia reforzaba una idea que había acompañado toda su aventura: es mejor tener amigos y personas dispuestas a ayudar que depender únicamente del dinero.

Con la motocicleta reparada, el viaje continuó. Javier atravesó Chincha y siguió avanzando por el territorio peruano con la intención de llegar hasta Arequipa. El recorrido volvió a ponerlo frente a otro desafío: el tráfico. Según su experiencia, las condiciones para los motociclistas eran complejas, con buses y camiones que obligaban a mantenerse constantemente atento. Perú también le mostró otra cara del viaje, con sus campos de arroz, cultivos de maíz, caña de azúcar y algodón, además de una nueva oportunidad para detenerse y observar el paisaje.

Entre kilómetros y kilómetros, también hubo espacio para disfrutar de la gastronomía y de pequeños momentos que terminan convirtiéndose en grandes recuerdos. Los desayunos económicos encontrados en las calles, los paisajes del litoral y el paso por las cercanías de las Líneas de Nazca fueron parte de una ruta que, pese a los inconvenientes, seguía entregando nuevas experiencias.

Finalmente, después de atravesar Perú, Javier volvió a entrar a Chile. Habían pasado 22 meses desde que había salido en moto y ahora solo quedaban un par de noches para llegar a Santiago y concretar aquella etapa de su viaje. En Bahía Inglesa volvió a montar una carpa, reencontrándose con una experiencia que no realizaba desde Canadá, antes de continuar rumbo a la capital.

El cierre de esta etapa ocurrió en Santiago, frente al Palacio de La Moneda. Después de un año y tres meses aproximadamente de viaje, Javier regresaba al punto de origen con una historia marcada por todo tipo de situaciones: problemas mecánicos, cambios de planes, encuentros con desconocidos, momentos difíciles y kilómetros recorridos sobre una motocicleta que muchos podrían haber considerado demasiado pequeña para semejante aventura.

Pero precisamente ahí estaba una de las grandes lecciones del viaje. La “china colombiana” había sufrido pinchazos, roturas de rayos y problemas eléctricos, pero consiguió avanzar. Para Javier, aquello demostraba que no es indispensable tener una motocicleta de gran cilindrada o una máquina especialmente preparada para recorrer el mundo. Su filosofía es simple: ahorrar en la moto e invertir en el viaje, porque es durante el camino donde finalmente se construyen los recuerdos que permanecen.

La aventura todavía no terminaba completamente. La motocicleta debía regresar a Colombia y quedaban nuevas historias por contar. Pero una cosa ya estaba clara: aquella moto china que muchos dudaban que pudiera completar el recorrido había conseguido mucho más de lo que inicialmente se esperaba. Y, para Javier Valenzuela, cada falla, cada reparación y cada dificultad terminaron convirtiéndose en una parte esencial de la aventura.

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