La ruta que casi los rompe: la travesía extrema de Holguin Ride en Argentina
La cordillera argentina tiene rutas que parecen hechas para poner a prueba a cualquiera. Y eso fue exactamente lo que vivió el equipo de Holguin Ride cuando decidió atravesar las famosas rutas 153 y 13, en un viaje donde el paisaje terminó siendo tan brutal como hermoso.
Todo comenzó como una aventura más entre montaña, ripio y kilómetros infinitos. Pero rápidamente el camino empezó a mostrar su verdadera cara: piedras gigantes, huellas destruidas por las lluvias, subidas técnicas y sectores donde simplemente parecía que la ruta había desaparecido. A medida que avanzaban, el cansancio comenzó a mezclarse con la preocupación, especialmente cuando cayó la noche y todavía seguían atrapados en medio de la cordillera.
Con apenas algo de luz en las motos, el grupo avanzó durante horas entre cañones y caminos rotos, intentando no perderse mientras buscaban una salida hacia el asfalto. Hubo caídas, problemas técnicos, dolores físicos y momentos donde retroceder parecía tan difícil como seguir adelante. Sin señal telefónica y rodeados únicamente por montaña y oscuridad, cada kilómetro se convirtió en una pequeña victoria.
Pero justamente ahí apareció la esencia real del viaje. Porque entre el sufrimiento también surgieron esos momentos que hacen inolvidable una aventura: las luces lejanas de alguna casa perdida en la montaña, el alivio de encontrar finalmente asfalto después de horas de ripio eterno y la emoción silenciosa de saber que estaban viviendo algo que jamás olvidarían.
Después de casi 24 horas rodando, lograron llegar de madrugada completamente agotados. Sin embargo, al día siguiente el desafío continuaba con la Ruta 13, una travesía distinta pero igual de impactante. Esta vez la cordillera mostró su lado más abierto y majestuoso: montañas inmensas, caminos a más de 3000 metros de altura y paisajes tan salvajes que parecían fuera del mundo.
Durante el recorrido también hubo espacio para detenerse y admirar animales en libertad, pequeñas escenas que recordaban que el verdadero valor de estas rutas no está solamente en la dificultad, sino en la conexión que generan con el entorno. Entre el frío, la altura y el silencio absoluto de la montaña, el viaje dejó de tratarse de motos para convertirse en una experiencia mucho más profunda.
Finalmente, el grupo cerró la travesía frente a la impresionante Montaña Siete Colores, cerca de Uspallata. No había grandes celebraciones ni gritos de victoria. Solo esa sensación que conocen quienes sobreviven a una aventura extrema: entender que algunas rutas no solo se recorren, también te cambian por dentro.







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