Holguin Ride no suele ignorar advertencias, pero esta vez decidió hacerlo. La Ruta 153 en Argentina no era solo un desvío en el mapa, era una elección consciente. Una de esas decisiones que separan un viaje normal de una experiencia que realmente deja huella. Todo comienza saliendo desde Santiago, cruzando hacia Argentina por el Paso Libertadores, con un grupo reducido y un objetivo claro: enfrentar una ruta conocida más por su dificultad que por su belleza.
Los primeros kilómetros no anticipan lo que viene. Asfalto, ritmo controlado y paisajes abiertos que incluso invitan a relajarse. Una parada en la Pampa del Leoncito parece confirmar esa sensación, pero es solo una ilusión. La transición llega sin aviso. El camino desaparece y da paso a un terreno suelto, profundo e inestable. Arena, piedra y huellas difusas que obligan a cambiar completamente la forma de conducir. La moto deja de avanzar con precisión y comienza a flotar. Mantener el equilibrio y la concentración se vuelve una tarea constante.
A medida que avanzan, la ruta demuestra su verdadero carácter. No hay tramos iguales, no hay pausas reales. Sectores planos que engañan, seguidos por zonas donde antiguas crecidas de río destruyeron cualquier rastro de camino. Luego aparece el cañón, más estrecho, más frío, más exigente. El viento golpea con fuerza y la superficie obliga a cada piloto a tomar decisiones precisas. El cansancio comienza a acumularse y los kilómetros dejan de medirse en distancia, sino en esfuerzo.
En medio del recorrido, la confirmación llega desde otros viajeros: el camino está roto, lento y más complejo de lo esperado. Lo que en teoría eran 170 kilómetros de off-road se transforma en una jornada mucho más larga e incierta. Pero retroceder ya no es una opción. El grupo ajusta su ritmo, administra energía y continúa. Caídas menores, motos exigidas y desgaste físico empiezan a marcar el paso. La ruta deja de ser solo técnica y se vuelve mental.
Holguin Ride lo entiende mientras avanza. No se trata de velocidad ni de demostrar algo. Se trata de resistir, de mantener el control cuando el cuerpo empieza a fallar, de seguir adelante incluso cuando el camino no da señales claras. El tiempo se estira, la luz comienza a bajar y la incertidumbre se hace presente, pero también aparece una convicción más fuerte: terminar lo que se empezó.
Cuando finalmente el terreno comienza a ceder y el camino vuelve a parecer camino, la sensación no es de euforia. Es más profunda, más silenciosa. No fue una ruta que se recorrió con facilidad, fue una que exigió todo en cada kilómetro. Holguin Ride no solo cruzó la Ruta 153, la vivió en su forma más cruda.
Porque hay rutas que se disfrutan, pero hay otras que se sobreviven. Y esas son las que realmente se quedan.







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